Por: Anahí Castilllo*

“Bastardos sin gloria”

Doce con treinta y aparecen debajo de las mesas. Turnan la hora de dormir para cuidar las maletas y el equipo. Pregunto al staff cuál es su situación, dicen que aquí se quedan, en el piso, cual vagabundos, con sleeping o sin él. Son miembros de una comunidad con nombre de película, creada para “el que viaja solo”. La regla que prohíbe el camping informal expiró.

El “MacVerPro”

Es la una de la mañana. Salgo a la zona de fumadores, Omar se sienta a mi lado. Viene de Veracruz, es ‘podcaster’ en Spreaker del proyecto Noche geek, su fuerte es la tecnología. Es su primera vez en el Campus Party. Dice que los Podcasts tienen que ser de lo que a uno le gusta, porque si no, la gente lo nota. No tengo encendedor, mi nuevo amigo me presta el suyo. La regla que no permite la entrada con objetos de fuego se extinguió.

“Música ligera”

Comienza el torneo de sillitas, son las dos de la mañana. Una guitarra, palmas y el canto a coro de la famosa canción de Soda Estéreo prenden los ánimos. La música calla y ante controversias el público favorece a las concursantes del grupo mixto, al final, una de ellas se corona campeona y se lleva su premio, una bebida Boost. Le gritan “¡estás bien buena mamasita!” y “¡en mi camping hay espacio!”, lo miro con desagrado y se excusa diciendo “es mi novia”. Me parece que el decálogo de respeto de los campuseros no fue leído.

Robo de tiendas

Tres de la mañana, comienza a vaciarse la arena, la mayoría toma una ducha y se va a dormir. La zona de camping se vuelve silenciosa. Algunas tiendas desaparecen. Mi compañera decide hacer camping por sí sola e instalarse en una de las tantas casas no habitadas, le deseo suerte. Esta noche dormiré a mis anchas. De regreso a las mesas busco un café, el negocio campusero está cerrando. Lo encuentro, café a diez pesos; sirven el agua caliente de una jarra eléctrica. Acatar la prohibición de aparatos electrónicos no sería conveniente.

Cuatro de la mañana, “Cómo te extraño” de Café Tacuba comienza a sonar en la arena, después viene Caifanes y la cumbia “Diecisiete años”. A nadie le importa ya la restricción del uso de bocinas. Un grupo de campuseros canta “Las mañanitas”, todos chiflan y abuchean; el hartazgo ha llegado. Poco a poco la plática se convierte en murmullo, el espacio se llena de silencio. Cinco de la mañana, seis, la arena no revive. Siete de la mañana, los campuseros regresan a sus mesas, sus refugios.

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