Por: Kronos Alexis Hernández Méndez*

“Yo me llamo Juan Manuel Saldaña Carrillo y el apodo es desde chico… y así le puse al negocio”

Una vez que te encuentres en la afortunada situación (o malaventura) de extraviarte en el centro de Ocotlán, Jalisco, no sucumbas al miedo y confusión de estar inundado de letreros descoloridos que crean sinestesia con los amargos e inconfundibles olores negocio por negocio. Sigue los ruidos, los gritos, los motores, la música; puede que termines cara a cara en las 4 esquinas del cruce entre Madero y Ocampo.

Un punto peculiar caracterizado por ser un círculo perfecto que representa el colorido y absurdo panorama comercial del pueblo: el imponente sindicato de Nestlé, una famosa sucursal de tortas ahogadas y una frutería relativamente nueva. Y justo ahí, una casa de dos pisos pintada en amarillo, dos grandes puertas metálicas de color blanco y un letrero de un pálido plástico con un disco de acetato se asolea inerte.

Las ventanas de la entrada están abiertas pero solo hay oscuridad, una perspectiva que se mantiene en las tres esquinas. Ni el ver de reojo cuando uno va de paso hace la diferencia. Solo fruncir el ceño puede revelarte los estantes que florecen cintas magnéticas dentro de su transparente empaque. Y a lado, detrás un mostrador relleno de misceláneas, El Abuelo observa aquel curioso.

Juan Manuel Saldaña es un hombre pequeño y pálido de blanca cabellera, de temple estricto y ocupado. Desde el comienzo se niega a sentarse y cumple su promesa, menciona con orgullo los logros, cantidades y oportunidades que consiguió gracias a la que ahora es la única discoteca original de todo Ocotlán.

Él es el retrato encarnado del aventurero y su tesoro perdido. La tienda Discos El Abuelo es solo una fachada de lo que podría considerarse una verdadera máquina del tiempo.

¿Y usted siempre ha estado en esta esquina?
Ya tengo 27 años.

Hablando de los discos, y viendo a mí alrededor todas las cintas y CD, no veo ningún LP.
Tengo como unos 10 mil allá adentro. Voy buscando lo que me piden o lo que yo considero que se puede vender. Coleccioné todo esto –lo dice mientras sostiene frente a mi rostro páginas y páginas de cuadernos con números, nombres, cada una escritas con un revoltijo multicolor de tinta y diferente pulso-. Coleccioné música de mi época, considero que va a quedar para toda la vida.
Siempre son unas dos horas para traducir un disco. Como ahorita, estoy haciendo del disco al cassette, que no tenga brincos. Y ya del cassette lo paso al disquito. Quedan con mejor calidad que el original o de internet.

¿Cómo puede afirmar que su sonido es mejor que el original?
Porque es mucho más resplandeciente lo que yo saco. Ahorita muchas compañías o en internet tienen los discos con diferente mezcla.
Los traduzco sin que nadie me los encargue, como ahorita, porque sé que va a quedar para toda la vida, mi trabajo no es de en balde.

Con audífonos sobre su cabeza, observa un platillo que gira en todas las velocidades posibles, experimentando nuevos procesos para conservar una gracia que se extingue con el avance de la tecnología.

Yo me agarro mis ideas. A éste para tumbarle el ruido se me ocurrió el “aflojatodo” digo, no es igual a una tostada que la raspes con la uña a que si esta mojadita y no hará tanto ruido.

¿No daña…?
Sí, como los discos son de petróleo no les pasa nada, y así como quedan mojados así los guardo. Si se conserva. Si alguna vez se llega a ocupar de nuevo, el disco queda protegido […] Va uno buscándole cómo. Primero utilicé alcohol pero se chupaba y se resecaba. También utilizo monedas para las agujas – Juan Manuel saca unos antiguos centavos mexicanos – Si yo le quito esta, como que hace estática, pero si le encimo esta, se calma más.

¿Entonces su propósito es superar lo tradicional?
Esa es mi idea, calidad. Siempre busco más calidad. Ya lo logré, veo mis grabaciones y sí, pero nadie me lo admira. No. No la neta, no me ha tocado. No sé, a lo mejor no me creen.

La conversación se desvía al punto de hablar sobre varios álbumes en los estantes. Una mujer grita desde otra habitación, pregunta a su papá si van a ir a La Tuna con su tía, él lanza un seco “si”. Silencio y contacto visual. El Abuelo se vuelve a su grabadora y oprime de nuevo el botón de record, es interrumpido por un “gracias” y un apretón de manos. Sigo viendo oscuridad desde el otro lado de la calle.*

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